«¿Te acuerdas de esas construcciones que vimos levantar en el Pireo?
¿De esas maquinas, de esos esfuerzos, de esas flautas que lo suavizaban con su música; de esas maniobras tan exactas, de esos progresos tan misteriosos y tan claros a la vez?
¡Qué confusión al principio que parecía después fundirse en el orden!»
-Eupalinos o el arquitecto
Paul Valéry

 

Una ciudad, cualquiera de ellas, es producto de dos fuerzas que la configuran: lo arquitectónico y lo temporal. Lo arquitectónico le otorga su dimensión estética y de utilidad. Lo temporal, su dimensión histórica y natural. Su materia es la piedra, símbolo de lo permanente, que se encuentra en los más diversos minerales: de la arena del hormigón al acero de la estructura; y su unidad el edificio, lo edificado.

En manos del arquitecto, la piedra, bajo el impulso constructor, se convierte en el espacio dentro del cual vive el ser humano. Su razón de ser es la utilidad, la función que le es propia y desde la cual adquiere discurso, forma y ornamentos que conforman una estética. El conjunto de edificios que constituyen una ciudad no es más que la suma y testimonio de las voluntades y los intelectos de los arquitectos que la han construido. En manos del arquitecto la piedra es obra, la más pura manifestación de la conquista de la naturaleza por la razón y el esfuerzo humano, la ambición de lo eterno.

La piedra también está sujeta al influjo del tiempo y todo lo que en él ocurre, desde las actividades de la historia humana (políticas, mercantiles o cotidianas) que dejan su huella en ella y en la ciudad, hasta las incansables fuerzas naturales que tallan caprichosas formas con la continua erosión o arrastran el edificio a la decadencia. En manos del tiempo la piedra es accidente y el tiempo mismo es la eternidad que fluye. Una danza tan violenta como pausada, en la que las fuerzas arquitectónica y temporal (lo humano y lo natural) se enfrentan, sin siquiera moverse.